La ignorancia, la imprudencia y los vicios, propagan el Covid-19

Ángel Artiles Díaz/articulista de El Atlántico
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Los que desean la convivencia social en el turismo masivo, en los eventos sociales, en los deportes   multitudinarios, en los gimnasios, en los casinos, en las discotheques, etc., esos  son los primeros que debieran ponerse en fila para recibir la vacuna contra el covid, son los primeros que debieran ponerse bien ajustadas las mascarillas, los que deben, primero que los demás, higienizarse las manos cuando llegan a los edificios públicos y privados, en fin; son los primeros que debieran incentivar a la población para que se deje vacunar, para que lo más pronto posible controlemos esta pandemia y podamos volver a la normalidad. 

Muchas naciones del mundo padecen cambios profundos en sus economías y en sus  institucionales sociales, como consecuencia directa de la crisis de salud que nos repliega a nuestros hogares y nos pone a mirar desde adentro el episodio dantesco que por culpa de los ignorantes, los imprudencia y los viciosos, parece insuperable este trago amargo para el que la humanidad no estaba preparada. 

Las estadísticas más conservadoras establecen que en el mundo fallecen 150 mil personas al día, a causa de las distintas eventualidades que provocan la muerte. Las más causales destacadas son: 

  1. Por el Covid-19 alrededor de  3 mil al día;  
  2. Por SIDA fallecen 2 mil 600 personas diarias; 
  3. De cáncer, fallecen 26 mil;  
  4. Mientras que por problemas cardiovasculares, pierden la vida aproximadamente unas 50 mil. 

Pero a pesar de las innovaciones tecnológicas y de la facilidad de acceso a la información, la humanidad no se ha beneficiado, como habría de esperarse, de esta ventaja comparativa aunque albergábamos el ‘supuesto subjetivo y previo’ de que asumiríًamos  como decisivos los costes relativos de enfrentar cualquier contingencia catastrófica, no ocurrió así, porque en realidad la humanidad está asumiendo  los costos absolutos de esta pandemia; lo que está afectando y modificando el ritmo de todas las actividades sociales, económicas y políticas de todas las naciones.  

Todos los grupos sociales han demostrado -en mayor o menor medida- una marcada incapacidad para adaptarse a la crisis pandémica de salud y en consecuencia aflora en cada grupo la torpeza para diseñar las estrategias convenientes y rápidas, dejando a la improvisación la toma de decisiones. 

Ha brillado por su ausencia la implementación por parte de la Organización Mundial de la Salud de un proceso de enseñanza-aprendizaje para acelerar la comprensión colectiva de los rigores letales del virus, de la necesidad ineludible de reducir la calidad de vida social, de reducir las libertades, de someternos al necesario arresto domiciliario, a los fines de no ofrecerle escenarios al Covid-19 y poder combatirlo con efectividad. 

Los presupuestos nacionales deben ser elaborados para la crisis, es inevitable financiar lo único que puede controlar más que las vacunas el Covid: ‘El Quédate en Casa’. 

Todo gasto público que no tienda a la eliminación del Covid-19 debe ser suspendido hasta nuevo aviso. Hay que engavetar algunos derechos individuales y fundamentales para poder controlar el avance del contagio, ya vamos por la tercera ola y cada una ha sido superior a la anterior. 

 A la democracia que espere la normalidad para que se redogeé en los recovecos sociales y vuelva a ser tema de discursos. 

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